[…]A los ocho días de duro camino escucharon a lo lejos el rugir de una caída de agua. Pudieron ver en la distancia la ciudad de Ankha-Lâm. Recortada a lo lejos por las Montañas Astilladas y encajada entre dos acantilados cortados a cuchillo, un inmenso rostro tallado en la roca descansaba con la barbilla hundida en un gran lago. Su semblante era serio, incluso triste y de sus ojos caía en regueros el agua como si estuviese llorando. La ciudad estaba rodeada por una corona de altos y afilados puntales y en su centro una atalaya aún más alta dominaba el valle. A ambos lados de la corona y por debajo de ella, dos cortinas enormes de agua caían a modo de melena del triste semblante al gran lago formando una espumosa neblina.
Eytan los detuvo, había encontrado un par de árboles hermanos entrelazados entre sí que formaban un refugio bastante decente[…]